Inicio > Opinión > Programas exitosos

Programas exitosos

Programas exitosos

Rafael Arráiz Lucca

La Venezuela de la era democrática no ha sido sólo fracasos. Por más que la contundencia de la derrotas forme un bosque muy alto, las palmas altas del éxito pueden verse por sobre las copas de los árboles. Allí están, pero hay que empinarse y disponer de buena voluntad para ver sus penachos. La lista es más larga de lo que los pesimistas sistemáticos creen, y está hecha de piezas públicas y privadas: el Metro de Caracas, la Universidad Simón Bolívar, el Sistema de Orquestas Juveniles, al Electricidad de Caracas, Mavesa, el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, el Museo de Barquisimeto, la Galería de Arte Nacional, Sivensa, Monte Avila Editores, la Biblioteca Ayacucho, Pdvsa y sus filiales, la Biblioteca Nacional, la Fundación Ecológica Pampero, el IESA, el Museo de los Niños y algunas otras instituciones que se me escapan involuntariamente.

Los venezolanos no somos dueños del fracaso: cuando las condiciones son favorables, abrimos las ventanas de la prosperidad. Pero, si a ver vamos, en todas las experiencias ganadoras hay varios ingredientes comunes. La cabeza de la organización es virtuosa: en su imaginario se ha formado un destino, y sus pasos van empecinadamente hacia allá; además, el taller de los años le ha ayudado a enderezar los rieles. Siendo cabeza de empresa, asienta el trabajo en su equipo, pero éste se halla tomado por sus virtudes: pasión laboral, fluida comunicación, sentimiento de pertenencia a un proyecto común, convencimiento de que se construye una institución que va más allá de los individuos, pero que, sin embargo, sin ellos no es nada. A esto se añade que, siendo toda empresa una obra colectiva, el líder de ésta no se siente el demiurgo de unas marionetas, sino el que ayuda a encender los fuegos de una lumbre común. La tiranía es gerencialmente inoperante, aunque no parezca. La gerencia democrática y horizontal es efectiva, de inmediato y a la larga, es propia de las instituciones que no quieren perecer con el fundador. Le atribuyo una enorme importancia a la cabeza de cualquier organización, allí está la clave. No conozco ninguna empresa exitosa que tenga a un haragán al frente o a un idiota o un ser encerrado en sí mismo, o un hombre que un día dice rojo y al día siguiente azul.

Dos aciertos vienen ocurriendo en estos tiempos de calamidades que no debemos dejar pasar y examinar. El primero es Hidrocapital. Allí está al frente un señor al que no conozco personalmente, José María de Viana, pero desde hace unos cuantos años oímos sus declaraciones sobre el problema del agua y, muy recientemente, nos hizo saber que la insuficiencia del agua en Caracas había llegado a su fin. Honestamente, creí que esto no era posible, pero los hechos demuestran que sí, que ya no falta el agua como antes, que el agua llega, que los embalses están llenos y no es sólo el invierno el productor de semejante abundancia. Se ha hecho un trabajo, con inteligencia y buena voluntad.

El segundo éxito es el que encabeza la señora Caldera: “Un cariño para mi ciudad”. A la primera dama se le afilia, desde el primer gobierno de su esposo, a programas exitosos. Así lo fue el espacio de televisión para niños Sopotocientos, y su labor en la Fundación del Niño y el Museo de Parque Central para los más pequeños. El programa de recuperación de los espacios públicos abandonados es muchísimo más importante de lo que superficialmente se le juzga. Sembrar es, simbólica y prácticamente, la labor más significativa que una colectividad puede llevar adelante. Caracas ha ido cambiando en estos años recientes y ha sido gracias a la coordinación del programa de la señora Caldera. El éxito es fácil, una vez que se le ve el rostro: convocar a la empresa privada y pública para que se encarguen de la siembra y el mantenimiento de jardines largamente abandonados. Crédito para los benefactores y de allí en adelante, hordas de empresas voluntarias que quieren asociarse con el éxito. Simple, pero seguramente muy difícil de implementar en un comienzo. Un modelo de asociación entre la empresa privada y la pública en función de un beneficio colectivo. Mínimos reparos que pueden corregirse sobre la marcha: cuando se deja la arquitectura paisajista en manos inexpertas se corre el riesgo de llenar los espacios de unas piedras de mal gusto e incomprensibles. Cuando suena la flauta se da, incluso, algo que es como una asunción colectiva del árbol emblema de la ciudad: la palma. Este va siendo nuestro árbol; el que nos identifica, el que le da carácter a la urbe que el caraqueño Pérez Bonalde cantó. Este programa tendría que avanzar hacia el diseño de un plan de monumentos, plazas y jardines que hicieran de nuestra ciudad un sitio para vivir sonriendo. El plan debe pensarse a partir de signos urbanos identificables que vayan más allá de las fronteras de las alcaldías caraqueñas. El tema, por supuesto, rebasa las posibilidades de este espacio, apenas lo enuncio. Entre el sentido común que ha gobernado a “Un cariño para mi ciudad” y el emblema de la palma pueden estar las bases de una ciudad más permanente, más simbólica, con mayor carácter.

http://www.analitica.com/archivo/vam1997.03/semop14.htm

 

Anuncios
  1. Aún no hay comentarios.
  1. No trackbacks yet.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: